*Investigación, redacción y transcripciones: Dhyana A. Rodríguez.
Varios personajes fueron testigos del fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo, Miguel Miramón y Tomás Mejía en el cerro de las campanas. He aquí algunos de ellos..
TESTIMONIO DEL BARÓN DE MAGNUS (fragmento):
“Varias veces el emperador miró hacia arriba. El cielo estaba sin nube alguna y con un sol radiante y caluroso. Hubo un maravilloso clima, tal como lo había deseado el desgraciado monarca para el día de su muerte. Llegó la hora de morir. El emperador se despidió con gran afecto de sus compañeros de infortunio, abrazó a su padre confesor, besó el crucifijo y lo devolvió al padre Soria. Luego les dio unas monedas de oro a los soldados del pelotón para que solamente disparasen contra su pecho…
(...) Con una expresión suave, indescriptible, pero inolvidable para mí, S.M. primero volteó la cara a la izquierda, y luego a la derecha, mirando a su alrededor. Inmediatamente después sonó la descarga".
TESTIMONIO DEL DOCTOR HILARIÓN FRÍAS Y SOTO (fragmento):
“El día 19 de junio la mañana estaba serena, tibia, azulada. Los rayos del sol naciente apenas besaban las cimas de las montañas. Los troncos de los árboles desgajados por el cañón, arrojaban nuevos retoños que impregnaban el ambiente con sus frescas y perfumadas emanaciones.
Yo presencié el consejo de guerra que los condenó, yo escuché la fusilería que desgarró el pecho del emperador coronado por la Francia (...).
Maximiliano, antes de caer, al pararse en su puesto, lanzó una última mirada a aquel cielo purísimo impregnado con la luz suave y cintilante de la mañana. (…) Yo vi aquel rayo de fuego que se desprendió de sus ojos azules; era la mirada ávida, anhelante, que daba, antes de apagarse para siempre, el último adiós a la vida. De aquella pupila de un azul intenso como el cristal de un lago, ví salir aquella luz postrera de la existencia, recorrer como un relámpago el valle donde se reclinaba la ciudad con su tórax de piedra desgarrado por el cañón, llegar a la cima de la montaña, y ya allí, perderse en la inmensidad”.
Yo presencié el consejo de guerra que los condenó, yo escuché la fusilería que desgarró el pecho del emperador coronado por la Francia (...).
Maximiliano, antes de caer, al pararse en su puesto, lanzó una última mirada a aquel cielo purísimo impregnado con la luz suave y cintilante de la mañana. (…) Yo vi aquel rayo de fuego que se desprendió de sus ojos azules; era la mirada ávida, anhelante, que daba, antes de apagarse para siempre, el último adiós a la vida. De aquella pupila de un azul intenso como el cristal de un lago, ví salir aquella luz postrera de la existencia, recorrer como un relámpago el valle donde se reclinaba la ciudad con su tórax de piedra desgarrado por el cañón, llegar a la cima de la montaña, y ya allí, perderse en la inmensidad”.
TESTIMONIO DEL DOCTOR CALVILLO:
“Los sentenciados descendían de los coches: Maximiliano, bajó con desembarazo y marchó firme al parecer, al sitio designado; noté que Miramón flaqueó, de pronto al echar a andar; pero luego se rehízo y se dirigió al punto con paso apresurado; sólo Mejía, completamente abatido, lo conducían dos frailes franciscanos uno por cada brazo (…) “Maximiliano, que ocupaba el lugar de en medio, se separó de allí y se fue a colocar a la izquierda de Miramón”.
Mejía abrazaba un crucifijo. Se prepararon las detonaciones y Mejía apartó la cruz de su pecho, Miramón indicó con su mano el lugar del corazón y Maximiliano se abrió la levita sosteniendo las solapas de la misma con ambas manos.
Calvillo se detuvo antes de llegar más cerca para esperar a que pasaran esos momentos. Después de disiparse la nube de humo que cubrió a las tres figuras, el doctor echó a correr para corroborar la muerte de los sentenciados:
“Al que primero abordé fue a Mejía; jadeante y desalentado, le tomé el pulso; más sin duda mi aturdimiento no me permitió percibir los latidos de la arteria, pues al auscultarlo, oí que el corazón estaba latiendo tumultuosamente. Tomé mi sombrero y me levanté”
“¿Qué está vivo?”, preguntó el oficial.
“¿Qué está vivo?”, preguntó el oficial.
Calvillo no pudo responder, pero el oficial comprendió y ordenó dar el tiro de gracia en el corazón. Mejía se llevó la mano izquierda a la herida, dejándola caer luego, al fallecer.
Enseguida el doctor se dirigió a Maximiliano, a quien también tuvieron que dar un tiro de gracia apoyando el fusil en su pecho, pues continuaba vivo. La detonación encendió por unos momentos su ropa, siendo necesario arrojarle agua para apagarla. Calvillo cercioró entonces su muerte.
Enseguida el doctor se dirigió a Maximiliano, a quien también tuvieron que dar un tiro de gracia apoyando el fusil en su pecho, pues continuaba vivo. La detonación encendió por unos momentos su ropa, siendo necesario arrojarle agua para apagarla. Calvillo cercioró entonces su muerte.
Después inspeccionó a Miramón, “cuyo aspecto tranquilo, revelaba una muerte instantánea y sin sufrimiento alguno”.“Todos estaban profundamente alterados, oficiales y tropa…”.
Calvillo fue a sentarse en una peña, que estaba inmediata a Maximiliano, "contemplando a aquel infeliz, víctima de su credulidad y de su ambición”. Los mechones del cabello de éste estaban alborotados en sus sienes hacia arriba, su barba dividida en dos, los labios contraídos y los ojos abiertos…
“Aquella mirada sin vida que me parecía estar fija de soslayo sobre mí, me producía una sensación penosa; y me apresuré a bajar los párpados, que al soltarlos volvían rebeldes a abrirse paulatinamente tomando sus ojos en aquel instante una expresión de amargura y doloroso reproche, hasta que por fin logré cerrarlos, sosteniéndolos algún rato”.
“La presión de mis dedos, hizo brotar una lágrima, cuyo aspecto me trajo a la memoria a su desventurada viuda, a quien tal vez estaba consagrada”.
“La presión de mis dedos, hizo brotar una lágrima, cuyo aspecto me trajo a la memoria a su desventurada viuda, a quien tal vez estaba consagrada”.
TESTIMONIO DEL PADRE SORIA..
El doctor Basch escribió en sus memorias que él era el encargado de acompañar a Maximiliano al paredón, no obstante, en el último momento, sintió que le faltaban las fuerzas, y confió esa labor al padre otomí Soria, confesor de Maximiliano. Este sacerdote le contó posteriormente a Agustín Rivera esos momentos de la siguiente manera:
El doctor Basch escribió en sus memorias que él era el encargado de acompañar a Maximiliano al paredón, no obstante, en el último momento, sintió que le faltaban las fuerzas, y confió esa labor al padre otomí Soria, confesor de Maximiliano. Este sacerdote le contó posteriormente a Agustín Rivera esos momentos de la siguiente manera:
"En la tarde del mismo día 18 fui a visitar a Escobedo para arreglar la hora en que le debía decir la misa a Maximiliano al día siguiente. Le dije: Diré la misa a las siete, y me contestó: No, señor, dígala usted a las cinco. Le fui a comunicar esto a Maximiliano, y me contestó: '¡Ah, ah, quiere decir que la cosa ha de ser temprano!' Bien, bien, a las cuatro de la mañana me tiene usted listo. En efecto, fui a las cuatro de la mañana y ya lo encontré con la cara lavada, muy bien peinado y vestido con aseo. Lo volví a confesar, dije la misa, después de ella le volví a administrar el sagrado viático, dimos gracias, se desayunó, y platicamos un rato.
A las seis de la mañana comenzaron a sonar los tambores y las cornetas en el patio, y por la escalera subía la tropa que iba a conducir a Maximiliano al suplicio. Este se puso muy pálido y cortó la conversación. Esta fue la única vez que lo vi turbado. Salimos luego de la celda, y cuando íbamos en el corredor ya él iba con su color natural y sus modales fogosos.
Luego que montamos en el coche comencé yo a temblar, porque me dio una especie de convulsión, y Maximiliano sacó luego del bolsillo un pomito con álcali, y aplicándomelo a las narices me decía: '¡Oh, no, no hay que tener miedo, no hay que tener miedo!' De manera que, en lugar de auxiliarlo yo, él me iba auxiliando a mí, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!
Maximiliano llevaba en la mano derecha un pañuelo y un crucifijo mediano de bronce, de mi propiedad, que tengo siempre sobre la mesa de mi estudio, y en la izquierda llevaba un rosario que le había regalado su señora madre. Luego que el coche paró al pie del Cerro de las Campanas, Maximiliano se puso el sombrero, el cual era de color morado obscuro, de felpa y de copa baja, y luego se lo quitó y arrojó en el asiento del coche, diciendo: '¡Ah!, esto ya no sirve'. Trató de abrir la portañuela, y no habiendo podido hacerIo pronto, se salió del coche sin abrirla, lo que me admiró, porque era muy largo, e iba subiendo tan aprisa por el cerro, que no lo podía alcanzar.
Estando parado Maximiliano en el lugar donde lo iban a fusilar, me entregó el crucifijo, el pañuelo, el pomito con el álcali y el rosario. Antes me había encargado que remitiera el rosario a la archiduquesa Sofía. Dio algunos pasos hacia los soldados que lo iban a fusilar, llevando algunas onzas de oro en la mano; el oficial que mandaba la ejecución, le dijo: 'Atrás'; Maximiliano le dijo: '¿No se permite darles esto?'; el oficial contestó que sí y Maximiliano se acercó a los soldados y dio a cada uno un maximiliano, que era una onza de oro de a 20 pesos, con el busto de Maximiliano. Luego que fusilaron a los tres, hubo una gritería de: '¡Muera el Imperio! y ¡Viva la República!'; sonido de tambores y cornetas y desfile de tropas, y yo me quedé parado y entontecido, hasta que un oficial se acercó a mí, y me dijo: Padre, la misión de usted está concluida, y me parece que no está usted en su lugar. Luego bajé de prisa por el cerro, me metí en el coche, me fui a mi casa y estuve algunos días en cama, enfermo del estómago. Después un alemán me ofrecía 500 pesos por el crucifijo y yo no se lo quise vender, diciéndole que también quería conservarlo como un recuerdo".



Maravillosa recopilación.
ResponderEliminarMuy interesantes los testimonios presenciales de la ejecución en el Cerro de las Campanas. Gracias.
ResponderEliminar